El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—No sé, monseñor —respondió Ibo—. Lo único que puedo deciros es que a estas horas el señor de Locmaría no cazaría. Y, sin embargo los perros…

—A no ser que se hayan escapado de la perrera…

—No —dijo Goennec—. No son los perros del señor de Locmaría.

—Por prudencia volvámonos adentro —repuso Aramis—. Los ladridos se acercan, y dentro de poco vamos a saber a qué atenernos.

Todos se internaron nuevamente en la gruta; pero apenas se hubieron adelantado un centenar de pasos en la obscuridad, cuando resonó en la caverna un ruido semejante al ronco suspiro de una persona aterrorizada, y, jadeante, veloz, asustado, un zorro pasó como un rayo por delante de los fugitivos, saltó por encima de la barca y desapareció, dejando tras sí un vaho acre, que no se desvaneció hasta algunos momentos después bajo las chatas bóvedas del subterráneo.

—¡El zorro! —exclamaron los bretones con la alegre sorpresa del cazador.

—¡Maldición! —prorrumpió el obispo—. Han descubierto nuestro refugio.

—¡Qué! —dijo Porthos—. ¿Un zorro nos asusta?


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