El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¿Qué decÃs? —replicó Herblay—. ¿En el zorro os fijáis? No se trata de él ¡vive Dios! ¿Acaso no sabÃais que tras el zorro vienen los perros, y tras los perros los hombres?
Porthos bajó la cabeza.
Como para confirmar las palabras de Aramis, la ladradora jaurÃa llegó con vertiginosa rapidez, y seis galgos corredores desembocaron en el pequeño arenal.
—¡He aquà a los perros —dijo Aramis, al acecho tras una hendedura abierta entre dos peñas—; ahora falta saber quiénes son los cazadores!
—Si es el señor de LocmarÃa —repuso el patrón—, dejará que los perros registren la gruta, y se irá a esperar al zorro al otro lado.
—No es el señor de LocmarÃa quien caza —replicó Herblay, palideciendo a pesar suyo.
—¿Quién, pues? —preguntó Porthos.
—Mirad.
—¡Los guardias! —exclamó Porthos al ver, al través de la abertura y en lo alto del otero, a una docena de jinetes que aguijaban a sus caballos y excitaban a los perros.
—SÃ, los guardias, amigo mÃo —dijo Aramis.
—¿Los guardias del rey, monseñor? —preguntaron los bretones palideciendo a su vez.