El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Más, mi capitán, más. ¿Os acordáis de la historia del bastión de San Gervasio?
—¿Dónde cuatro mosqueteros del rey hicieron frente a un ejército? SÃ, la recuerdo.
—Pues los que están ahà dentro son dos de ellos.
—¿Y qué interés tienen en tal defensa?
—Son los que defendÃan a Belle-Isle en nombre del señor Fouquet.
—¡Los mosqueteros! ¡Los mosqueteros! —dijeron los soldados. Y al pensar que iban a luchar contra dos de las más antiguas glorias militares del ejército, aquellos valientes se estremecieron de terror a la vez que de entusiasmo.
—¿Dos hombres y han matado diez oficiales en dos descargas? —exclamó el capitán—. No puede ser, señor Biscarrat.
—Yo no digo que no los acompañen dos o tres hombres, como a los mosqueteros les acompañaron tres o cuatro criados en el bastión de San Gervasio; pero, creedme, mi capitán, yo he visto a esos hombres, he sido prisionero de ellos, los conozco; bastan ellos dos para destruir un cuerpo de ejército.
—Eso es lo que vamos a ver, y pronto —repuso el capitán.
Entonces, todos se dispusieron a obedecer; sólo Biscarrat hizo la última tentativa, diciendo en voz baja al capitán: