El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Cuando las dos descargas hubieron matado diez hombres, Aramis, acostumbrado a los rodeos del subterráneo, se acercó a los cadáveres para inspeccionarlos uno a uno sin peligro, pues el humo impedÃa que lo viesen desde fuera, y ordenó el arrastre de la barca hasta la gran piedra que cerraba la libertadora salida. Porthos reunió todas sus fuerzas, y tomando con ambas manos la barca, la levantó mientras los bretones colocaban rápidamente los rodillos bajo ella. De esta suerte, llegaron hasta el tercer compartimiento, es decir, a la piedra que obstruÃa la salida. Porthos tomó por la base la gigantesca piedra, apoyó en ésta su robusto hombro y le imprimió una sacudida que hizo crujir las paredes.
A la tercera sacudida cedió la piedra, que osciló por espacio de un minuto; luego Porthos se apoyó en las rocas contiguas, y haciendo palanca con uno de sus pies, arrancó y separó la piedra de las aglomeraciones calcáreas que le servÃan de goznes. CaÃda la piedra, penetró en el subterráneo la radiante luz del dÃa, y el azulado mar apareció a los maravillados ojos de los bretones.