El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro En seguida procedióse a subir la barca sobre aquella barricada; y sólo faltaban veinte toesas para hacerla deslizar al mar, cuando llegó la compañía y el capitán la alineó para el asalto. Aramis, que todo lo vigilaba para favorecer el trabajo de sus amigos, vio el refuerzo, contó los soldados y se convenció del insuperable peligro en que iba a ponerles un nuevo combate. Huir por mar en el momento en que el subterráneo iba a ser invadido, era imposible, pues la luz que acababa de iluminar los dos últimos compartimientos hubiera mostrado a los soldados la barca deslizándose hacia el mar, y a los dos rebeldes a tiro de mosquete, sin contar que una descarga acribillaría la embarcación si no quitaba la vida a los cinco navegantes. Aramis se mesaba con rabia los cabellos, y ora invocaba el auxilio de Dios, ora del diablo.
Amigo mío —dijo Herblay en voz baja a Porthos, que trabajaba él solo más que los rodillos y los bretones—, acaban de llegar refuerzos a nuestros adversarios.
—¿Qué hacemos, pues? —repuso sosegadamente Porthos.
—Reanudar el combate es aventurado —contestó Aramis.
—Es verdad, porque es difícil que no nos maten a uno de los dos, y muerto el uno, el otro se haría matar —dijo el gigante con la heroica sencillez que en él era realzada con todas las fuerzas de la materia.