El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Cada sopló de Porthos al reavivar el fuego de la mecha, enviaba a aquel hacinamiento de cadáveres una luz sulfurosa interrumpida por anchas y purpúreas fajas. El espectáculo sólo duró dos segundos; pero en aquel tiempo, un oficial de la tercera brigada reunió ocho guardias armados de sendos mosquetes y les ordenó que hiciesen fuego sobre Porthos a través de una abertura. Los que habían recibido la orden de disparar temblaron de tal suerte, que la descarga mató a tres de sus compañeros, y a las cinco balas restantes fueron silbando a rayas la bóveda, a surcar el suelo o a empotrarse en las paredes. A la descarga respondió una carcajada, luego osciló el brazo del coloso, pasó por el aire algo como un cometa, y el barril, lanzado a treinta pasos, pasó por encima de la barricada de cadáveres y fue a caer en medio de un pelotón de aulladores soldados que se dejaron caer de bruces. El oficial, que había seguido en el aire la brillante cola, se precipitó sobre el barril para arrancar la mecha antes que hubiese prendido en la pólvora. Su abnegación fue inútil, la mecha, que en reposo habría durado cinco minutos, activada por el aire no duró más que treinta segundos, y la máquina infernal reventó. Furiosos torbellinos, silbidos del azufre y del nitro, estragos devoradores del fuego, trueno espantoso de la explosión, he ahí lo que en el segundo que siguió a los dos segundos primeros pasó en aquella caverna, igual en horrores a una caverna de demonios. Las rocas se abrieron como tablas de abeto bajo el hacha; en medio de la gruta brotó un chorro de fuego, de despojos que se ensanchaba a proporción que subía; las macizas paredes de sílice se inclinaron para acostarse en la arena, que convertida en instrumento de dolor se lanzó fuera de sus endurecidas capas en millones de átomos para acribillar los rostros de los moribundos. Ayes, aullidos, imprecaciones, existencias, todo se apagó en aquella inmensa catástrofe que convirtió los tres primeros compartimientos en un abismo en el cual cayeron uno a uno y según su pesadez, los despojos vegetales, minerales o humanos, y luego la arena y la ceniza, que cual plomiza y humeante mortaja cubrieron aquel lugar de horrores.


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