El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Busquen ahora en aquella ardiente tumba, en aquel volcán subterráneo, a los guardias del rey con sus uniformes azules con adornos de plata; busquen a los oficiales relucientes de oro, y las armas en que confiaron todos para defenderse; y busquen, por fin, las piedras que les mataron y el suelo que los sustentó. Un hombre solo, lo ha convertido todo en un caos más confuso, más informe y más terrible que el caos que existía una hora antes de que Dios creara el mundo. De los tres compartimientos no quedó cosa alguna que Dios pudiese haber reconocido como obra suya.

Porthos, según le aconsejó Aramis, después de haber lanzado el barril de pólvora echó a correr y llegó al último compartimiento, en el que entraba el aire y el sol, y a cien pasos de él vio la barca mecida por las olas y a sus amigos, es decir, la libertad y la vida después de la victoria. Seis zancadas más y se encontraba fuera de la bóveda, y con otras seis zancadas llegaba a la barca; pero de improviso le flaquearon las piernas y sintió como si se le hubiesen vaciado las rodillas.

—¡Ah diantre! —murmuró Porthos—, vuelve a acometerme debilidad y no puedo andar. ¿Qué significa esto?

—¡Porthos! —gritó Aramis al través de la puerta, no explicándose por qué se detenía el gigante—, ¡venid pronto!, ¡pronto!


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