El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro ¡Oh digno Porthos! Nacido para ayudar a los demás, siempre dispuesto a sacrificarse en pro de los débiles, como si Dios no le hubiese dado la fuerza más que para esto, al morir, creyó que no hacÃa más que cumplir las condiciones de su pacto con Aramis, sin embargo de que únicamente Aramis lo redactó, pacto que conoció sólo para reclamar su terrible solidaridad. ¡Oh noble Porthos! ¿De qué te sirvieron los castillos llenos de muebles, los bosques poblados de caza, los lagos rebosantes de pesca y las cuevas pletóricas de dinero? ¿De qué tantos lacayos de relucientes libreas, entre ellos Mosquetón, enorgullecido del poder que le delegaste? ¡Oh Porthos!, ¿para qué acumular tesoros, para qué tanto afanarte en suavizar y dorar tu vida para venir a tenderte, con los huesos triturados, bajo frÃa piedra, en desierta playa, a los graznidos de los pájaros del océano? ¿Para qué acumular tanta riqueza si ni siquiera habÃa de figurar en tu sepultura un dÃstico de mal poeta? ¡Oh bravo Porthos! Sin duda duerme todavÃa, olvidado, perdido, bajo la peña que los pastores del páramos toman por el techo gigantesco de un dolmen.