El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Aramis, pálido, helado y con el corazón en los labios, hasta que la playa desapareció en el horizonte envuelta en el velo de la noche, no apartó de la tumba de su amigo los ojos. Ni una palabra se exhaló de sus labios, ni un suspiro salió de su oprimido pecho. Los bretones, supersticiosos, le miraban con temor; más que de hombre, aquel silencio era de estatua.