El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Ya casi de noche, los bretones izaron la pequeña vela, que hinchándose al beso de la brisa impulsó a la barca, que alejándose de la costa con rapidez, puso la proa hacia España y se lanzó al través del proceloso golfo de Gascuña. Pero apenas hacía media hora que habían izado la vela, cuándo los remeros se encorvaron en sus bancos, y haciendo pantalla de sus manos se mostraron unos a otros un punto blanco como en la apariencia lo está una gaviota mecida por la insensible respiración de las olas. Pero lo que parecía inmóvil para los ojos de un profano, para la experta mirada del marinero caminaba con rapidez. Viendo el profundo embotamiento de su amo, los bretones no se atrevieron a sacarle de su ensimismamiento, y se limitaron a hacer conjeturas en voz baja. En efecto, Aramis, tan vigilante, tan activo, Aramis, cuyos ojos, como los del lince, velaban incesantemente y veían más de noche que de día, se hundía en la desesperación de su alma. Así transcurrió una hora, durante la cual la luz del día fue apagándose gradualmente, pero durante la cual también el buque a la vista se acercó tanto a la barca, que Goennec, uno de los tres marineros, se decidió a decir en voz bastante alta:

—Monseñor, nos persiguen.



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