El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Aramis nada contestó. Entonces, los marineros, al ver que el buque seguía avanzando, por orden del patrón Ibo, arriaron la vela, a fin de que aquel único punto que aparecía en la superficie de las olas cesase de guiar al enemigo, el cual largó dos velas más. Por desgracia, corrían los días más hermosos y más largos del año, y a la luz de aquel día nefasto sucedió la noche de la más esplendente luna. El buque perseguidor navegaba viento en popa, y le quedaba todavía media hora de crepúsculo, y toda una noche de claridad relativa.

—¡Monseñor!, ¡monseñor!, ¡estamos perdidos! —dijo el patrón—; mirad, aunque hayamos cargado nuestra vela, nos ven.

Aramis sin responder, le dio al patrón un catalejo.

Ibo miró y repuso:

—¡Oh! monseñor, los veo tan cerca, que me parece que puedo tocarlos con las manos. A lo menos vienen veinticuatro hombres. ¡Ah! ahora veo al capitán en la proa, y mira con un anteojo como éste… Ahora se vuelve y da una orden… Emplazan un cañón en la proa… lo cargan… apuntan… ¡Misericordia divina!, ¡disparan contra nosotros!

Y bajó maquinalmente el catalejo, y los objetos, repetidos hacia el horizonte, le aparecieron bajo su aspecto real.


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