El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Por debajo de las velas del buque perseguidor, y un poco más azul que ellas, apareció una nubecilla de humo que se dilató cual flor que se abre, y poco más o menos a una milla del cañoncito una bala lamió dos o tres olas, abrió un blanco surco en el mar y desapareció tan inofensiva como la piedra con la cual, jugando, un muchacho hace círculos en el agua.

Aquella bala fue a la vez una amenaza y un aviso.

—¿Qué hacemos? —preguntó el patrón.

—Van a echarnos a pique —dijo Goennec—; dadnos la absolución, monseñor.

—Olvidáis que nos ven —dijo Aramis a los marineros arrodillados a sus pies.

—Es verdad —exclamaron los bretones avergonzados de su debilidad—. Ordenad, monseñor, estamos prontos a morir por vos.

—Esperemos —dijo Aramis.

—¿Que esperemos?

—Sí; ¿no veis que de huir van a echarnos a pique, como habéis dicho hace poco?

—Quizás al amparo de la noche podamos escapar —dijo el patrón.

—No les faltará algún fuego griego para iluminar su camino y el nuestro —objetó Aramis.


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