El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Al mismo tiempo y cual si el buque enemigo hubiese querido responder a las palabras de Aramis, se remontó al cielo una segunda nubecilla del seno de la cual surgió tina inflamada flecha que describió una parábola semejante a un arco iris, cayó en el mar, donde continuó ardiendo, e iluminó un espacio de un cuarto de legua de diámetro.
—Ya veis que más vales esperar —dijo Aramis a los aterrorizados bretones, que a una soltaron sus remos.
La barca cesó de avanzar y se metió sobre las olas.
Entretanto, la noche se venía encima, y el buque continuaba avanzando.
De tiempo en tiempo y cual buitre de sanguinolento cuello que saca la cabeza fuera de su nido, el formidable fuego griego partía de los costados del buque y arrojaba en medio del océano su llama, blanca como nieve candente. Por fin llegó a tiro de mosquete con toda la tripulación en la cubierta, y arma al brazo los unos y los otros con la mecha encendida en la mano y junto a los cañones. No parecía sino que tuviesen que habérselas con una fragata y combatir a una tripulación superior en número.
—¡Rendíos! —gritó el capitán del buque con ayuda de una bocina.