El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Los marineros miraron a Aramis, y viendo que les hacía una señal afirmativa, Ibo hizo ondear un trapo blanco al extremo de un bichero. Lo cual era una manera de arriar el pabellón.

El buque avanzó como un caballo corredor; lanzó un nuevo cohete, que vino a caer a unas veinte brazas de la barca y la iluminó con más claridad que un rayo del más ardiente sol.

—A la primera señal de resistencia, ¡fuego! —exclamó el capitán del buque dirigiéndose a sus soldados, que inmediatamente apuntaron sus mosquetes.

—¿No os hemos dicho que nos rendíamos? —repuso Ibo.

—¡Vivos, vivos, capitán! —dijeron algunos soldados exaltados—; ¡es preciso tomarlos vivos!

—Bien, sí, vivos —dijo el capitán. Y volviéndose hacia los bretones, añadió—: A todos se os garantiza la vida, menos al caballero Herblay.

Aramis se estremeció casi imperceptiblemente, y por un momento fijó la mirada en las profundidades del océano, iluminado por los últimos vislumbres del fuego griego, vislumbres que corrían por las pendientes de las olas, brillaban en sus crestas cual penachos, y hacían aún más sombríos, más misteriosos y más terribles los abismos a los cuales cubrían.

—¿Habéis oído, monseñor? —dijeron los bretones.


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