El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Con un gesto rápido, Aramis, ya inclinado hacia el agua y con la mitad del cuerpo fuera de la borda, irguió la frente, se levantó, y con las pupilas inflamadas, la sonrisa en los labios, y como si le hubiese pertenecido a él el mundo, ordenó que echasen la escala; así lo hicieron los del buque de guerra. Aramis subió a bordo seguido de los bretones, que quedaron mudos de asombro al ver que Herblay, en lugar de abatirse, se encaminó resueltamente y con la mirada fija en él al encuentro del capitán y le hizo con la mano una seña misteriosa, ante la cual el oficial palideció, tembló y bajó la cabeza. Luego y sin proferir palabra, Herblay levantó la mano izquierda hasta la altura de los ojos de Pressigny, y le mostró el engaste de un anillo que le ceñía el anular.
En aquella actitud majestuosa, fría, silenciosa y altiva, Aramis parecía un emperador dando a besar su mano.
El capitán levantó de nuevo la cabeza y volvió a bajarla con muestras del más profundo respeto; luego tendió una mano hacia popa, es decir, hacia la cámara, y se hizo a un lado para ceder el paso a Aramis.
Los tres bretones se miraban unos a otros con indecible estupefacción en medio del silencio de los tripulantes.