El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Los guardias estaban formados a caballo ante la puerta principal y poco a poco cundió por la ciudad el rumor de que el capitán de mosqueteros acababa de ser arrestado por orden del rey. Entonces y como en los buenos tiempos de Luis XIV y de Treville, los mosqueteros se agitaron, ora formando grupos, ora llenando las escaleras, ya congregándose en los patios, de los que partían vagos rumores que subían hasta los pisos altos cual los roncos lamentos de las olas durante el flujo.

Gesvres estaba inquieto y miraba a sus guardias, que interrogados por los mosqueteros empezaban a apartarse de ellos manifestando también alguna inquietud.

D’Artagnan, mucho más sereno que el capitán de guardias, al entrar se sentó en el alféizar de una ventana, y con su mirada de águila y sin pestañear, presenciaba lo que ocurría sin que le pasara inadvertido ninguno de los progresos de la fermentación que se iniciara al rumor de su arresto, y previendo el instante de la explosión.

—¡Bueno estaría que esta noche mis pretorianos me proclamaran rey de Francia! —dijo entre sí D’Artagnan—. ¡Y que no me reiría poco!

Pero a lo mejor todo se calmó. Guardias, mosqueteros, oficiales, soldados, murmullos y zozobras, se dispersaron, desaparecieron, se evaporaron; Una sola frase apaciguó aquel revuelto mar.


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