El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Señores, silencio —dijo Brienne por encargo de Su Majestad—, estáis molestando al rey.

—Vaya, se acabó —murmuró D’Artagnan suspirando—, los mosqueteros de hoy no son los de Luis XIII.

—¡Qué entre el señor D’Artagnan! —gritó el ujier.

El rey estaba sentado en su gabinete, de espaldas a la puerta y de cara a un espejo al cual y mientras removía sus papeles le bastaba lanzar una mirada para ver a los que entraban.

Al entrar D’Artagnan, Luis XIV, sin volverse, echó sobre sus cartas y sus planos el gran paño de seda verde que le servía para esconder sus secretos a los ojos de los importunos.

D’Artagnan comprendió la intención del rey y se quedó atrás; de manera que pasado un momento, el monarca, que nada oía y sólo veía con el rabillo del ojo, se vio obligado a preguntar en alta voz:

—¿No está ahí el señor de D’Artagnan?

—Presente —respondió el mosquetero adelantándose.

—¿Qué tenéis que decirme, caballero? —dijo Luis fijando su límpida mirada en D’Artagnan.

—¿Yo, Sire? —repuso el gascón, que espiaba la primera esto cada del adversario para dar un buen quite—. Solo tengo que deciros que me habéis hecho arrestar y que estoy aquí.


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