El hombre de la máscara de hierro

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El rey iba a replicar que no había mandado arrestar a D’Artagnan; pero como esto hubiera sido una excusa, se calló, en lo cual le imitó obstinadamente el gascón.

—¿Para qué os envié a Belle-Isle? —prosiguió Luis XIV mirando de hito en hito a su capitán.

—Paréceme —respondió D’Artagnan al ver que el rey se colocaba en un terreno para él tan favorable— que Vuestra majestad se digna preguntarme qué fui a hacer en Belle-Isle. Pues bien, no lo sé; no es a mí a quien debéis dirigir semejante pregunta, Sire, sino al infinito número de oficiales de toda especie a quienes se dio un número infinito de órdenes de toda clase, mientras que a mí, generalísimo de la expedición, no se me precisó absolutamente nada.

—Caballero —repuso el rey, herido en su orgullo—, sólo se dieron órdenes a los jefes y oficiales que inspiraban confianza.

—Por eso no me admiro, Sire —replicó D’Artagnan—, que un capitán como yo, que tiene la categoría de mariscal de Francia, se halla a las órdenes de cinco o seis tenientes mayores, buenos para espías, no lo niego, pero no para dirigir operación alguna de guerra. Sobre el particular he venido a pedir explicaciones a Vuestra Majestad.


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