El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Señor de D’Artagnan, continuáis, como siempre, creyendo que vivís en un siglo en que los reyes estaban como vos quejáis que habéis estado, esto es, bajo las órdenes y a la discreción de sus inferiores; olvidáis que un rey sólo debe rendir cuanta de sus acciones a Dios.

—Nada olvido, Sire —dijo el mosquetero, mortificado a su vez por la lección—. Por otra parte, no veo en qué puede ofender a su rey un hombre cabal al preguntarle en qué le ha servido mal.

—Me habéis servido malamente al hacer contra mí causa común con mis enemigos.

—¿Cuáles son vuestros enemigos, Sire?

—Aquéllos contra los cuales os envié.

—¡Dos hombres!, ¡dos hombres enemigos del ejército de Vuestra Majestad! Es increíble. Sire.

—No sois vos el llamado a juzgar mi voluntad.

—Tan claramente lo he comprendido así, que he ofrecido respetuosamente mi dimisión a vuestra Majestad.

—Y yo la he aceptado —repuso el rey—. Antes de separarme de vos he querido probaros que sabía cumplir mi palabra.

—Vuestra Majestad ha hecho más que cumplir su palabra, pues Vuestra Majestad me ha hecho arrestar y no me lo había prometido —dijo D’Artagnan con acento fríamente zumbón.


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