El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Por un mal servidor que pierde Vuestra majestad —dijo D’Artagnan con amargura—, hay diez que aquel día hicieron sus pruebas. Escuchadme, Sire: no estoy acostumbrado a un servicio como ese. Para el mal, mi espada es rebelde, y para mí era un mal el perseguir de muerte a dos hombres cuya vida os pidió vuestro salvador, el señor Fouquet; además, aquellos dos hombres eran amigos míos, que no atacaban a Vuestra Majestad sino que sucumbían bajo el peso de una cólera ciega. Por otra parte, ¿por qué no les dejaban huir? ¿Qué crimen cometieron? Admito que me neguéis el derecho de juzgar su conducta; pero ¿por qué sospechar de mí antes de obrar?, ¿por qué rodearme de espías?, ¿por qué reducirme, a mí, a quien teníais la más absoluta confianza; a mí, que hace treinta años estoy apegado a vuestra persona y os he dado mil pruebas de abnegación, porque es menester que os lo diga hoy que me acusan; por qué reducirme, repito, a mirar ordenados en batalla a tres mil hombres del rey contra dos?

—Cualquiera diría que olvidáis lo que ellos hicieron —dijo con voz sorda el monarca—, y que no dependió de ellos el que yo no quedara para siempre perdido.

—Cualquiera diría también, Sire, que vos olvidáis que yo existía.


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