El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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El procurador se detuvo para tomar aliento, y los concurrentes aprovecharon la suspensión para suspirar, tose, redoblar la atención. Luego el procurador prosiguió:

Ni he tenido hijos, ni es probable que los tenga, lo cual es para mí un verdadero dolor. Con todo eso, digo que no digo bien, porque tengo un hijo en común con mis amigos, ese hijo, joven señor llamado Raúl Augusto Julio de Bragelonne e hijo legítimo del señor conde de La Fere, me ha parecido digno de suceder a los tres bravos hidalgos con cuya amistad me honro y de los cuales soy el servidor más humilde.

Cuando el lector llegó aquí, oyóse un ruido agudo: la espada de D’Artagnan acababa de escurrirse de su tahalí y de caer en las sonoras baldosas. Lo cual motivó que todos se volvieron hacia el punto de donde partiera el ruido, con lo que pudieron ver cómo de las espesas pestañas del gascón se desprendía una lágrima como una pequeña nuez y le rodaba por su aguileña nariz, cuya luminosa arista brillaba, de aquella suerte, como un filete de oro bruñido.

Por eso lego todos mis bienes, muebles e inmuebles, especificados más arriba, al susodicho señor Raúl Augusto Julio de Bragelonne, hijo del señor conde de La Fere, para que se consuele de la pesadumbre que al parecer le agobia, y ponerle en estado de llevar gloriosamente su nombre…


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