El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Por el auditorio corrió un prolongado murmullo.
El procurador, ayudado por la flameante mirada de D’Artagnan, que estableció el silencio recorriendo la sala, continuó:
El vizconde de Bragelonne queda obligado a entregar al señor caballero de D’Artagnan, capitán de los mosqueteros del rey, cuantos demás bienes le pida; a pasar una pensión a mi amigo, el señor caballero de Herblay, caso de verse éste obligado a vivir en el destierro, a mantener a mis criados que me hayan servido diez o más años, y a entregar quinientas libras a cada uno de los demás.
Lego a mi mayordomo Mosquetón todos mis trajes de paisano, militares y de caza, en número de cuarenta y siete, en la seguridad de que los llevará hasta quedar raídos, por amor y en recuerdo mío.
Ítem más: lego al señor vizconde de Bragelonne el ya nombrado Mosquetón, mi antiguo servidor y fiel amigo, para que le trate de modo que aquél, al morir declare que nunca ha dejado de ser dichoso.
Mosquetón, al oír estas palabras, hizo una reverencia, se puso aún más pálido de lo que estaba, empezó a temblar convulsivamente, y con el rostro trastornado por el dolor se tambaleó y titubeó como si buscara una dirección para salirse de la sala.