El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Salid de aquí e id a hacer vuestros preparativos, mi buen amigo —dijo D’Artagnan a Mosquetón—. Os llevo conmigo a casa de Athos, adonde me encamino al irme de Pierrefonds.

Mosquetón, sin contestar, respirando apenas, como si todo en aquella sala debiese serle extraño en lo sucesivo, abrió la puerta y desapareció lentamente.

El procurador terminó la lectura del testamento, después de la cual se marcharon frustrados en sus esperanzas, pero con el más profundo respeto, la mayor parte de los que habían venido para informarse de la última voluntad de Porthos.

D’Artagnan, en cuanto se hubo quedado solo, después de haber recibido la ceremoniosa reverencia que le hiciera el procurador, admiró la profunda sabiduría del testador, que tan justamente distribuyese sus bienes al más digno y al más necesitado, con una delicadeza que no habrían igualado los más pulcros cortesanos y los corazones más generosos.

En efecto, Porthos prescribiría a Raúl de Bragelonne que diese a D’Artagnan cuanto éste le pidiese; y el buen Porthos sabía que D’Artagnan no pediría nada, y de pedir algo, quería que nadie sino él mismo eligiese su parte.


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