El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Porthos dejaba una pensión a Aramis, quien por excederse en sus pretensiones, se encontraba detenido por el ejemplo de D’Artagnan. Además, el vocablo «destierro», soltado sin intención aparente por el testador, ¿no era la más blanda y delicada crÃtica de la conducta de Aramis, causa de la muerte de Porthos?
Finalmente, si el testador no hacÃa legado alguno a Athos, ¿no era porque habÃa supuesto que el hijo ofrecerÃa la mejor parte al padre?
Como se ve, el tosco entendimiento de Porthos avaloró todas las causas y todas las circunstancias con más tacto que la ley, la costumbre y el criterio.
—Porthos era hombre de corazón —dijo entre sà D’Artagnan exhalando un suspiro, mientras le pareció que bajaba del techo un gemido—. ¡Ah! —añadió el mosquetero—, es el pobre Mosquetón; es preciso distraerle de su dolor.
D’Artagnan se salió apresuradamente de la sala del honrado mayordomo, y al entrar en el cuarto de Porthos, vio un montón de trajes de todos colores y de toda clase de telas sobre los cuales se habÃa echado Mosquetón después de haberlos amontonado. Aquél era el lote del amito fiel; aquellos trajes eran suyos y bien suyos, se los habÃan legado formalmente.
Mosquetón, con las manos tendidas sobre aquellas reliquias, las besaba con los labios y con el rostro y los cubrÃa con su cuerpo.