El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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EpĂ­logo

Cuatro años después de la escena que acabamos de describir, y al amanecer de hermoso día, dos jinetes bien montados llegaron a la ciudad de Blois a fin de disponerlo todo para una caza de volatería que el rey quería efectuar en la variada planicie partida en dos por el Loira, y que confina con Meung por un lado, y por el otro con Amboise.

Aquellos dos jinetes, que no eran otros que el perrero y el halconero de Su Majestad; personajes respetabilísimos en tiempos de Luis XIII, pero algo desatendidos por su sucesor; después de haber explorado el terreno, se volvían, cuando divisaron acá y allá algunos pelotones de mosqueteros del rey, a los cuales sus respectivos sargentos colocaban de trecho en trecho en los extremos de los cercados.

Detrás de los mosqueteros, subido en brioso corcel y fácil de conocer en sus bordados de oro, venía el capitán, hombre de cabello casi enteramente cano y barba entrecana, algo cargado de espaldas, pero que manejaba con soltura el caballo y no perdía de vista ninguna de las evoluciones de sus soldados.

—A fe mía —dijo el perrero al halconero—; el señor de D’Artagnan no envejece; con diez años más que nosotros, parece un cadete a caballo.

—Es verdad —repuso el halconero—; en veinte años que le conozco no ha variado.


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