El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro El halconero se engañaba; durante los últimos cuatro años el mosquetero habÃa envejecido por doce. En las comisuras de los ojos el tiempo le habÃa impreso sus implacables garras; tenÃa despoblada la frente, y sus manos, antes morenas y nervudas, blanqueaban como si en ellas empezara a enfriarse la sangre.
D’Artagnan se acercó con el ademán de afabilidad, propio de los hombres de valer, al halconero y al perrero, que le saludaron con el mayor respeto.
—¡Qué feliz casualidad el veros por aquÃ, señor de D’Artagnan! —exclamó el halconero.
—Yo soy quien deberÃa decir tal, señores —replicó D’Artagnan—, pues en nuestros dÃas el rey se sirve con más frecuencia de sus mosqueteros que de sus halcones.
—¡Quién volviera a aquellos tiempos! —exclamó el halconero exhalando un suspiro.
—¿Os acordáis, señor de D’Artagnan, de cuando el difunto rey cazaba con urraca por las viñas del otro lado de Beaugenci? Entonces no erais capitán de mosqueteros.
—Y vos, sólo erais cabo de terzuelos —repuso D’Artagnan con jovialidad—. No importa; ello es que aquel era un buen tiempo, como lo es siempre el de la juventud… Buenos dÃas, señor capitán perrera.
—Me hacéis mucho favor, señor conde —repuso el saludo.