El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro D’Artagnan, no obstante ser conde hacÃa cuatro años, no oyó con gusto el calificativo que acababa de darle el perrero y se calló.
—¿No os ha fatigado el camino, señor de D’Artagnan? —preguntó el halconero—, si no me engaño, de Pignerol aquà hay doscientas leguas.
—Doscientas setenta a la ida y otras tantas a la vuelta —repuso con la mayor naturalidad el gascón.
—¿Y «él» sigue bien? —preguntó en voz baja el halconero.
—¿Quién?
—El señor Fouquet —continuó el halconero en la misma voz mientras el perrero se hacÃa a un lado por prudencia.
—No —respondió D’Artagnan—, el desventurado está sumamente abatido; no puede de ningún modo creer que la prisión sea un favor; dice que el parlamento le absolvió al desterrarle, y que el destierro es la libertad. El pobre no se figura que habÃa el deliberado propósito de matarlo, y que al salvar de las garras del parlamento la vida es ya deberle mucho a Dios.
—Es verdad —dijo el halconero—, el infortunado estuvo a dos dedos del patÃbulo; dicen que el señor Colbert habÃa transmitido ya las órdenes para el caso al gobernador de la Bastilla y que la ejecución estaba decidida.