El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¡En fin! —exclamó D’Artagnan como para cortar la conversación.

—¡En fin! —repitió el perrero acercándose—, si el señor Fouquet está en Pignerol, merecido se lo tiene; bastante había robado al rey. Además, ¿no es nada el haber tenido la dicha de ser conducido allá por vos?

—Caballero —replicó D’Artagnan lanzando una mirada de enojo al perrero—, si me dijesen que habéis comido la pitanza de vuestros galgos, no sólo no lo creería, sino también os compadecería si por eso os condenaran a encierro, y no consentiría que hablasen mal de vos. Con todo eso y por muy probo que seáis, sé deciros que no lo sois más que lo era el infeliz señor Fouquet.

Este discurso hizo agachar las orejas al perrero, que dejó que el halconero y D’Artagnan se le adelantaran dos pasos.

A lo lejos asomaban ya los cazadores por las salidas del bosque, y veíanse pasar por los claros y cual estrellas errantes, los penachos de las amazonas, y los blancos caballos atravesar como luminosas apariciones la sombría floresta.

—¿Va a ser larga la cacería? —preguntó D’Artagnan—. Os ruego que soltéis pronto el ave, puesto estoy que me caigo de fatiga. ¿Cazáis garzas o cisnes?


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