El hombre de la máscara de hierro

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—Cisnes y garzas, señor de D’Artagnan —respondió el halconero—; pero nada temáis, el rey no es práctico, y si caza es sólo para divertir a las damas.

—¡Ah! —exclamó con acento de sorpresa D’Artagnan, mirando al halconero que había vertido las tres últimas palabras con marcada intención.

El perrero se sonrió como queriendo hacer las paces con el gascón.

—Reíos, reíos —exclamó D’Artagnan—; llegué ayer tras un mes de ausencia, y por consiguiente, estoy muy atrasado de noticias. Cuando partí, la corte estaba aún muy triste con la muerte de la reina madre, y el rey había dado fin a las diversiones después de haber recogido el postrer suspiro de Ana de Austria; pero en este mundo todo tiene fin.

—Y también todo principio —dijo el perrero lanzando una carcajada.

—¡Ah! —repitió D’Artagnan que ardía en deseos de saber, pero que por su categoría no podía ser interrogado por sus inferiores—; ¿conque hay algo que empieza?

El perrero guiñó el ojo de una manera significativa; pero como D’Artagnan nada quería saber por boca de aquél, preguntó al halconero:

—¿Vendrá pronto el rey?

Tengo orden de soltar las aves a las siete.


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