El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¿Quién viene con el rey? ¿Qué tal la princesa? ¿Cómo está la reina?
—Mejor, señor de D’Artagnan.
—¿Ha estado enferma?
—Desde el último disgusto que ha pasado está enfermiza.
—¿Qué disgusto? Como llego de viaje, nada sé.
—Según parece, la reina un poco desdeñada desde la muerte de su suegra, se quejó al rey, que, según dicen la contestó que pues dormÃa con ella todas las noches, que más querÃa.
—¡Pobre mujer! —dijo D’Artagnan—. ¡Qué odio debe profesar a La Valiére!
—¿A la señorita de La Valiére? —repuso el halconero—. ¡Bah! no, señor.
—¿A quién pues?
El cuerno, llamando a los perros y a las aves, cortó la conversación.
Perrero y halconero picaron a sus caballos y dejaron a D’Artagnan en lo mejor, mientras a lo lejos aparecÃa el soberano rodeado de damas y jinetes, que formaban un conjunto animado, bullicioso y deslumbrador, como hoy no podemos formarnos idea, a no ser en la mentida opulencia y en la falsa majestad del teatro.