El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -Yo no tengo amigos, Rosa, no tenÃa más que a mi nodriza, vos la conocéis y ella os conoce. ¡Ay! Esa pobre Zug vendrÃa por sà misma y sin fingimientos dirÃa llorando a vuestro padre o a vos misma: «Querido señor, o querida señorita, mi niño está aquÃ, ved cuán desesperada estoy, dejádmelo ver una hora solamente y rogaré a Dios toda mi vida por vos.» ¡Oh, no! -continuó Cornelius-. ¡Oh, no! Aparte de mi buena Zug, no, no tengo amigos.
-Vuelvo, pues, a lo que pensaba, tanto más cuanto ayer, al ponerse el sol, cuando arreglaba la platabanda donde debo plantar vuestro bulbo, vi una sombra que, por la puerta entreabierta, se deslizaba tras los saúcos y los álamos. No tuve que mirarlo, era nuestro hombre. Se ocultó, me vio remover la tierra y, en verdad, era realmente a mà a quien habÃa seguido; era realmente a mà a quien espiaba. Me daba yo un golpe con el rastrillo, no tocaba un átomo de tierra, que él no se diera cuenta.
-¡Oh, sÃ, sÃ! Es un enamorado -dijo Cornelius-. ¿Es joven, es guapo?
Y miró ávidamente a Rosa, esperando impaciente su respuesta.
-¡Joven, guapo… ! -exclamó Rosa estallando de risa-. Tiene un rostro horrible, el cuerpo encorvado; se acerca a los cincuenta años, y no se atreve a mirarme de frente ni a hablar alto.