El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Rosa se puso pálida como la muerte. «¡Oh! -murmuró para sÃ-. Ya comprendo; está inquieto por su tulipán.»
Y levantándose completamente deprimida, entró en su habitación, donde cogió pluma y papel, y durante toda la noche se ejercitó en trazar unas letras.
Al dÃa siguiente, al levantarse para arrastrarse hasta la ventana, Cornelius percibió un papel que habÃan deslizado por la noche bajo la puerta de su calabozo.
Se lanzó sobre el papel, lo abrió, y leyó, con una escritura que apenas pudo reconocer como perteneciente a Rosa, de tanto como habÃa mejorado durante aquella ausencia de siete dÃas: Estad tranquilo, vuestro tulipán se porta bien.
Aunque aquella pequeña frase de Rosa calmara una parte de los dolores de Cornelius, no fue por ello menos sensible a la ironÃa. Asà pues, era realmente eso, Rosa no estaba enferma en absoluto, Rosa estaba herida; no era por la fuerza por lo que Rosa no venÃa, sino que habÃa permanecido voluntariamente alejada de Cornelius.
Asà pues, Rosa libre, Rosa hallaba en su voluntad la fuerza de no venir a ver al que se morÃa de pena por no haberla visto.