El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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-En efecto, no solamente he recibido, sino que también he leído vuestra nota. Por eso es por lo que he venido, para ver si habría algún medio para devolveros la salud.

-¡Devolverme la salud! -exclamó Cornelius-. Entonces ¿tenéis alguna buena noticia que darme?

Y al hablar así, el joven clavaba en Rosa dos ojos brillantes de esperanza.

Sea que ella no comprendiera esa mirada, sea que no quisiera comprenderla, la joven respondió gravemente:

-Solamente puedo hablaros de vuestro tulipán que es, como sé, la más grave preocupación que vos tenéis.

Rosa pronunció estas pocas palabras con un acento helado que hizo sobresaltar a Cornelius.

El celoso tulipanero no comprendía todo lo que ocultaba, bajo el velo de la indiferencia, la pobre niña siempre a la greña con su rival, el adorado tulipán negro.

-¡Ah! -murmuró Cornelius-. ¡Todavía, todavía! Rosa, no os he dicho, ¡Dios mío!, que no pienso más que en vos, que era a vos sola a quien echaba de menos, vos sola quien me faltaba, vos sola quien, con vuestra ausencia, me retiraba el aire, el día, el calor, la luz, la vida.

Rosa sonrió melancólicamente.


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