El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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-¡Oh! Y yo no lo veré -exclamó Cornelius, echándose hacia atrás-. Y no lo besaré como una maravilla de Dios a la que se debe adorar, como beso vuestras manos, Rosa, como beso vuestros cabellos, como beso vuestras mejillas, cuando por azar se hallan al alcance del postigo.

Rosa acercó su mejilla, no por azar, sino voluntariamente; los labios del joven se pegaron a ella con avidez.

-¡Vaya! Lo traeré si vos queréis -dijo Rosa, emocionada.

-¡Ah! ¡No! ¡No! Tan pronto como se abra, ponedlo bien a la sombra, Rosa, y en el mismo instante, inmediatamente, enviad a Haarlem a prevenir al presidente de la Sociedad Hortícola que el gran tulipán negro ha florecido. Haarlem está lejos, lo sé, pero con dinero hallaréis un mensajero. ¿Tenéis dinero, Rosa?

Rosa sonrió.

-¡Oh, sí! -dijo.

-¿Bastante? -preguntó Cornelius.

-Trescientos florines.

-¡Oh! Si tenéis trescientos florines, no es un mensajero a quien tenéis que enviar, sino vos misma, vos misma, Rosa, quien debe ir a Haarlem.

-Pero durante ese tiempo, la flor…

-¡Oh, la flor! Lleváosla, comprended que no debéis separaros de ella ni un instante.


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