El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Los labios del príncipe se apretaron, su frente se plegó, sus párpados se bajaron de forma que ocultaron un instante sus ojos. Al cabo de un momento de silencio, continuó:
-Pero ¿de qué os sirve amar a un hombre destinado a vivir y a morir en prisión?
-Si vive y muere en prisión, monseñor, me servirá para ayudarle a vivir y a morir.
-¿Y vos aceptaríais esta posición de ser la mujer de un prisionero?
-Sería la más orgullosa y la más feliz de las criaturas humanas siendo la esposa del señor Van Baerle; pero…
-Pero ¿qué?
-No me atrevo a decirlo, monseñor. No me atrevo. Perdonad.
-Hay una nota de esperanza en vuestro acento; ¿qué esperáis?
La muchacha levantó sus bellos ojos sobre Guillermo, sus ojos límpidos y de una inteligencia tan penetrante que fueron a buscar la clemencia dormida en el fondo de ese corazón sumido en un sueño que parecía el de la muerte.
-¡Ah! Ya comprendo.
Rosa sonrió juntando sus manos.
-Confiáis en mí -dijo el príncipe.
-Sí, monseñor.