La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—¡Pero, hombre, qué atrasado está usted! ¡A cuántos he visto yo, y de los más nobles, más elegantes y más ricos, hacer lo que le aconsejo a usted, y eso sin esfuerzos, sin vergüenza, sin remordimiento! ¡Pero si esto es algo que se ve todos los días! ¿Qué quiere que hagan las entretenidas de París para mantener el tren de vida que llevan, si no tuvieran tres o cuatro amantes a la vez? No hay fortuna, por considerable que sea, capaz de sufragar por sí sola los gastos de una mujer como Marguerite. Una fortuna de quinientos mil francos de renta es en Francia una fortuna enorme; pues bien, querido amigo, quinientos mil francos de renta no bastarían para cubrir gastos, y vea por qué: un hombre con tales ingresos tiene también una casa montada, caballos, criados, coches, cacerías, amigos; generalmente está casado, tiene hijos, toma parte en las carreras, juega, viaja, ¡qué sé yo! Todas esas costumbres están arraigadas de tal manera, que es imposible prescindir de ellas sin pasar por estar arruinado y sin armar un escándalo. En resumidas cuentas, con quinientos mil francos anuales no se pueden dar a una mujer más de cuarenta o cincuenta mil francos al año, y no es poco. Pues bien, otros amores tendrán que completar el gasto anual de esa mujer. En el caso de Marguerite resulta aún más cómodo: por un milagro del cielo ha caído sobre un viejo rico con diez millones, y encima su mujer y su hija han muerto, no tiene más que sobrinos también ricos, y le da todo lo que quiere sin pedirle nada a cambio; pero ella no puede pedirle más de setenta mil francos al año, y estoy segura de que, si le pidiera más, a pesar de su fortuna y del afecto que siente por ella, se lo negaría. Todos esos jóvenes que tienen veinte o treinta mil libras de renta en París, es decir, que apenas si les da para vivir en el mundo que frecuentan, cuando son amantes de una mujer como Marguerite, saben perfectamente que con lo que le dan ni siquiera podría pagar el piso y los criados. No le dicen que lo saben, hacen como si no vieran nada, y cuando se hartan se van. Si tienen la vanidad de correr con todos los gastos, se arruinan tontamente y van a buscar la muerte a África después de haber dejado cien mil francos de deudas en París. ¿Cree usted que esa mujer se lo agradece? De ninguna manera. Por el contrario, dirá que ha sacrificado su posición y que, mientras andaba con ellos, estaba perdiendo dinero. ¡Ah!, le parecen vergonzosos estos detalles, ¿eh? Pues es la pura verdad. Es usted un muchacho encantador y lo estimo de todo corazón; pero llevo veinte años viviendo con entretenidas, sé lo que son y lo que valen, y no quisiera ver que se toma en serio el capricho que una chica bonita ha tenido por usted. Aparte de esto —continuó Prudence—, admitamos que Marguerite lo quiere a usted lo suficiente para renunciar al conde y al duque, en caso de que éste se diera cuenta de sus relaciones y le planteara el dilema de elegir entre usted y él: es incontestable que el sacrificio que haría por usted sería enorme. ¿Y podría usted hacer por ella un sacrificio igual? Cuando llegase la saciedad, cuando estuviese al fin cansado de ella, ¿qué haría para resarcirla de todo lo que le hizo perder? Nada. La habría aislado del mundo en que se hallaban su fortuna y su porvenir, ella le habría dado sus mejores años y sería olvidada. O sería usted un hombre ordinario, y entonces, echándole en cara su pasado, le diría que al dejarla no hacía más que obrar como sus otros amantes, y la abandonaría a una miseria segura; o sería usted un hombre honrado y, creyéndose obligado a seguir a su lado, se entregaría usted mismo a una desgracia inevitable, pues una relación así, excusable en un joven, ya no lo es en un hombre maduro. Se convierte en un obstáculo para todo, no permite tener familia ni ambición, esos segundos y últimos amores del hombre. Así pues, amigo mío, créame, acepte las cosas en lo que valen y a las mujeres como son, y no conceda a una entretenida el derecho de llamarse su acreedora, de cualquier modo que sea.


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