La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias No estaba aquello mal razonado, y tenÃa una lógica de que no hubiera creÃdo capaz a Prudence. No hallaba nada que responderle, sino que tenÃa razón; le di la mano y le agradecà sus consejos.
—Vamos, vamos —me dijo—, olvide esas perniciosas teorÃas y rÃase; la vida es encantadora, amigo mÃo, todo depende del cristal con que se la mira. Mire, hable con su amigo Gasten: ahà tiene alguien que me da la impresión de que entiende el amor como la entiendo yo. De lo que tiene usted que convencerse, y sin eso se convertirá usted en un muchacho insÃpido, es que aquà al lado hay una chica guapa que espera con impaciencia que el hombre que está en su casa se vaya, que piensa en usted, que le reserva la noche y que lo quiere, estoy segura. Ahora venga conmigo a asomarse a la ventana, y veremos salir al conde, que no tardará en dejarnos el sitio libre.
Prudence abrió una ventana, y nos acodamos sobre el alféizar el uno al lado del otro.
Ella miraba a los escasos transeúntes; yo soñaba.
Todo lo que me habÃa dicho me zumbaba en la cabeza, y no podÃa dejar de convenir en que tenÃa razón; pero el amor real que yo sentÃa por Marguerite tenÃa dificultad para avenirse con aquella razón. Y asÃ, de cuando en cuando lanzaba yo unos suspiros que hacÃan volverse a Prudence y le hacÃan encogerse de hombros, como un médico que desespera de curar a un enfermo.