La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

No estaba aquello mal razonado, y tenía una lógica de que no hubiera creído capaz a Prudence. No hallaba nada que responderle, sino que tenía razón; le di la mano y le agradecí sus consejos.

—Vamos, vamos —me dijo—, olvide esas perniciosas teorías y ríase; la vida es encantadora, amigo mío, todo depende del cristal con que se la mira. Mire, hable con su amigo Gasten: ahí tiene alguien que me da la impresión de que entiende el amor como la entiendo yo. De lo que tiene usted que convencerse, y sin eso se convertirá usted en un muchacho insípido, es que aquí al lado hay una chica guapa que espera con impaciencia que el hombre que está en su casa se vaya, que piensa en usted, que le reserva la noche y que lo quiere, estoy segura. Ahora venga conmigo a asomarse a la ventana, y veremos salir al conde, que no tardará en dejarnos el sitio libre.

Prudence abrió una ventana, y nos acodamos sobre el alféizar el uno al lado del otro.

Ella miraba a los escasos transeúntes; yo soñaba.

Todo lo que me había dicho me zumbaba en la cabeza, y no podía dejar de convenir en que tenía razón; pero el amor real que yo sentía por Marguerite tenía dificultad para avenirse con aquella razón. Y así, de cuando en cuando lanzaba yo unos suspiros que hacían volverse a Prudence y le hacían encogerse de hombros, como un médico que desespera de curar a un enfermo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker