La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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«¡Qué pronto se da uno cuenta de lo corta que debe ser la vida —me decía a mí mismo—, a juzgar por la rapidez de las sensaciones! Sólo hace dos días que conozco a Marguerite, sólo desde ayer es mi amante, y ya ha invadido de tal modo mi pensamiento, mi corazón y mi vida, que la visita de ese conde de G… supone una desgracia para mí».

Al fin el conde salió, subió a su coche y desapareció. Prudence cerró la ventana.

En aquel mismo instante Marguerite nos llamaba.

—Vengan de prisa, están poniendo la mesa —decía—; vamos a cenar.

Cuando entré en su casa, Marguerite corrió hacia mí, me saltó al cuello y me besó con todas sus fuerzas.

—¿Qué, todavía seguimos de mal humor? —me dijo.

—No, se acabó —respondió Prudence—; he estado echándole un sermón, y ha prometido ser bueno.

—¡Enhorabuena!

No pude evitar echar una ojeada a la cama: no estaba deshecha. Marguerite ya estaba en peinador blanco.

Nos pusimos a la mesa.


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