La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Encanto, dulzura, expansión, Marguerite lo tenía todo, y de cuando en cuando me veía obligado a reconocer que no tenía derecho a pedirle nada más; que muchos se sentirían felices en mi lugar, y que, como el pastor de Virgilio, no tenía más que gozar de los placeres que un dios o, por mejor decir, una diosa me concedía.

Intenté poner en práctica las teorías de Prudence y mostrarme tan alegre como mis dos compañeras, pero lo que en ellas era natural en mí resultaba forzado, y mi risa nerviosa, aunque las engañase a ellas, estaba muy cerca de las lágrimas.

Al fin terminó la cena y me quedé solo con Marguerite. Fue a sentarse en la alfombra ante el fuego, como tenía por costumbre, y se puso a mirar con aire triste la llama del hogar.

¡Pensaba! ¿En qué? Lo ignoro; yo la miraba con amor y casi con terror, al considerar lo que estaba dispuesto a sufrir por ella.

—¿Sabes en qué estaba pensando?

—No.

—En un proyecto que se me ha ocurrido.

—¿Y cuál es ese proyecto?

—Aún no puedo decírtelo, pero puedo decirte su resultado. Y e resultado será que dentro de un mes seré libre, no deberé nada nadie, y nos iremos a pasar juntos el verano en el campo.

—¿Y no puede decirme de qué medios se valdrá?


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