La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Los cabellos, negros como el azabache, natural o artificialmente ondulados, se abrÃan sobre la frente en dos anchos bandos y se perdÃan detrás de la cabeza, dejando ver una parte de las orejas, en las que brillaban dos diamantes de un valor de cuatro a cinco mil francos cada uno.
Cómo la ardiente vida de Marguerite permitÃa que su conservase la expresión virginal, incluso infantil, que lo caracterizaba, es algo que nos vemos obligados a constatar sin comprenderlo.
Marguerite tenÃa un maravilloso retrato suyo hecho por Vidal, el único hombre cuyo lápiz era capaz de reproducirla. Después de su muerte tuve unos dÃas a mi disposición aquel retrato, y era de un parecido tan asombroso, que me ha servido para ofrecer las indicaciones a las que quizá no hubiera alcanzado mi memoria.
Algunos detalles de este capÃtulo no llegaron a mi conocimiento hasta más tarde, pero los escribo ahora mismo, para no tener que volver sobre ellos cuando comience la historia anecdótica de esta mujer.
Marguerite asistÃa a todos los estrenos y pasaba todas las noches en algún espectáculo o en el baile. Siempre que se representaba una obra nueva era seguro verla allÃ, con tres cosas que no la abandonaban jamás y que ocupaban siempre el antepecho de su palco de platea: sus gemelos, una bolsa de bombones y un ramo de camelias.