La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Durante veinticinco días del mes las camelias eran blancas, y durante cinco, rojas; nunca ha logrado saberse la razón de aquella variedad de colores, que indico sin poder explicar y que los habituales de los teatros adonde ella iba con más frecuencia, lo mismo que sus amigos, habían notado como yo.
Nunca habíamos visto a Marguerite con otras flores que no fueran camelias. Tanto es así, que en casa de la señora Barjon, su florista, acabaron por llamarla la Dama de las Camelias, y con tal sobrenombre se quedó.
Yo sabía además, como todos los que en París se mueven en ciertos ambientes, que Marguerite había sido la querida de los jóvenes más elegantes, que lo decía abiertamente, y que ellos mismos se vanagloriaban de ello, lo que demostraba que amantes y querida estaban contentos unos de otros.
Sin embargo, desde hacía unos tres años, y a raíz de un viaje a Bagnères, se decía que no vivía más que con un viejo duque extranjero, enormemente rico, y que había intentado apartarla lo más posible de su vida pasada, a lo que por lo demás ella parecía haber accedido de buen grado.
A este respecto me contaron lo siguiente:
En la primavera de 1842 Marguerite estaba tan débil, tan cambiada, que los médicos le mandaron que fuera a un balneario, y salió hacia Bagnères.