La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Allí, entre los enfermos, se encontraba la hija del duque, la cual tenía no sólo la misma enfermedad, sino hasta el mismo rostro de Marguerite, hasta tal punto que se las hubiera podido tomar por dos hermanas. Sólo que la joven duquesa estaba en el tercer grado de la tisis y, pocos días después de la llegada de Marguerite, sucumbía.

Una mañana el duque, que seguía en Bagnères como sigue uno en el suelo que ha sepultado una parte de su corazón, divisó a Marguerite al dar la vuelta a una alameda.

Le pareció ver pasar la sombra de su hija y, dirigiéndose hacia ella, le cogió las manos, la besó llorando y, sin preguntarle quién era, le imploró permiso para verla y amar en ella la imagen viva de su hija muerta.

Marguerite, sola en Bagnères con su doncella, y por otra parte sin temor alguno de comprometerse, concedió al duque lo que le pedía.

Había en Bagnères gentes que la conocían, y fueron oficialmente a advertir al duque de la verdadera condición de la señorita Gautier. Fue un golpe para el viejo, pues ahí acababa el parecido con su hija, pero era ya un poco tarde. La joven se había convertido en una necesidad de su corazón y en el único pretexto, la única excusa para seguir viviendo.


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