La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias ¿Fue por costumbre o para recordarme el dÃa en que nos conocimos? Lo único que sé es que con aquella melodÃa se reavivaron los recuerdos y, acercándome a ella, tomé su cabeza entre mis manos y la besé.
—¿Me perdona? —le dije.
—Ya lo ve —me respondió—; pero observe que no estamos más que en el segundo dÃa y ya tengo algo que perdonarle. Mal cumple usted sus promesas de obediencia ciega.
—Qué quiere usted, Marguerite, la amo demasiado y tengo celos hasta del menor de sus pensamientos. Lo que me ha propuesto hace un momento me volverá loco de alegrÃa, pero el misterio que precede a la ejecución de ese plan me oprime el corazón.