La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Vamos a ver si razonamos un poco —prosiguió, cogiéndome las dos manos y mirándome con una sonrisa encantadora, a la que me era imposible resistir—; usted me quiere, ¿verdad?, y serÃa feliz si pudiera pasar en el campo tres o cuatro meses a solas conmigo; también yo serÃa feliz en esa soledad compartida por los dos, y no sólo serÃa feliz, sino que lo necesito para mi salud. No puedo irme de ParÃs tanto tiempo sin poner en orden mis asuntos, y los asuntos de una mujer como yo siempre están muy embrollados; bueno, pues he encontrado el medio de compaginarlo todo, mis asuntos y mi amor por usted, sÃ, por usted, no se rÃa, ¡me ha dado la locura de quererlo!, y, mire usted por dónde, viene dándose aires solemnes y diciéndome palabras altisonantes. Niño, más que niño, acuérdese sólo de que lo quiero y no se preocupe de nada. Vamos a ver, ¿en qué quedamos?
—Quedamos en todo lo que quiera, bien lo sabe usted.