La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Entonces, antes de un mes, estaremos en algún pueblecito, paseándonos a la orilla del agua y bebiendo leche. Quizá le parezca extraño que yo, Marguerite Gautier, hable asÃ; se debe, amigo mÃo, a que, cuando esta vida de ParÃs, que tan feliz parece hacerme, no me abrasa, me aburre, y entonces siento súbitas aspiraciones hacia una existencia más tranquila que me recuerde mi infancia. Todos hemos tenido una infancia, seamos ahora lo que seamos. ¡Oh! tranquilÃcese, no voy a decirle que soy hija de un coronel retirado y que fui educada en Saint-Denis! Soy una pobre campesina, y hace seis años aún no sabÃa escribir mi nombre. Ya está usted tranquilo, ¿no? ¿Por qué me he dirigido a usted antes que a nadie para, compartir la alegrÃa del deseo que me ha entrado? Sin duda porque he comprendido que me quiere por mà y no por usted, mientras que los demás nunca me han querido más que por sà mismos. He estado muchas veces en el campo, pero nunca como hubiera querido ir. Cuento con usted para esta sencilla felicidad, asà que no sea malo y concédamela. Piense lo siguiente: «No llegará a vieja, y un dÃa me arrepentiré de no haber hecho por ella lo primero que me pidió, con lo fácil de hacer que era».
¿Qué responder a semejantes palabras, sobre todo con el recuerdo de una primera noche de amor y en espera de la segunda?