La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Una hora después tenía a Marguerite entre mis brazos, y, si me! hubiera pedido que cometiera un crimen, la hubiera obedecido.

A las seis de la mañana me marché; y antes de marcharme le dije:

—¿Hasta esta noche?

Me besó más fuerte, pero no me respondió.

Durante el día recibí una carta que contenía estas palabras:

Querido mío: Estoy algo indispuesta, y el médico me, ordena reposo. Esta noche me acostaré pronto y no lo veré a usted. Pero, en recompensa, lo espero mañana a mediodía. Lo quiero.

Mi primera palabra fue: «¡Me engaña!».

Un sudor helado recorrió mi frente, pues quería ya demasiado a aquella mujer para que no me trastornase la sospecha.

Y sin embargo, tratándose de Marguerite, debía esperarme un acontecimiento así casi a diario, cosa que me había ocurrido muchas veces con otras amantes, sin que me preocupase demasiado. ¿A qué se debía, pues, el dominio que aquella mujer ejercía sobre mi vida?

Entonces, puesto que tenía la llave de su casa, pensé en ir a verla como de costumbre. De ese modo sabría realmente la verdad y, si encontraba a un hombre allí, lo abofetearía.


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