La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—¡Usted, molestarme usted, Marguerite! ¿Y cómo?

—¡Toma! Podía tener usted una mujer en casa —respondió Prudence—, y no hubiera sido divertido para ella ver llegar otras dos.

Durante aquella observación de Prudence, Marguerite me miraba atentamente.

—Querida Prudence —respondí—, no sabe usted lo que dice.

—Tiene usted un piso muy bonito —replicó Prudence—. ¿Se puede ver el dormitorio?

—Sí.

Prudence entró en mi habitación, no tanto para visitarla cuanto para reparar la tontería que acababa de decir, y nos dejó solos a Marguerite y a mí.

—¿Por qué ha traído a Prudence? —le dije entonces.

—Porque estábamos juntas en el teatro, y al salir de aquí quería tener alguien que me acompañara.

—¿Y no estoy yo aquí?

—Sí; pero, aparte de que no quería molestarlo, estaba segura de que al llegar a mi puerta me pediría subir a mi casa, y, como no podía concedérselo, no quería que se fuera con derecho a reprocharme una negativa.

—¿Y por qué no podía recibirme?

—Porque estoy muy vigilada, y la menor sospecha podría hacerme un gran perjuicio.

—¿Es ésa la única razón?


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