La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Si hubiera otra, se la dirÃa; ya hemos dejado de tener secretos el uno para el otro.
—Vamos a ver, Marguerite, no quiero andarme con rodeos para llegar a lo que quiero decirle. Con franqueza, ¿me quiere usted un poco?
—Mucho.
—Entonces ¿por qué me ha engañado?
—Amigo mÃo, si yo fuera la señora duquesa de tal o de cual, si tuviera doscientas mil libras de renta, y, siendo su amante, tuviese otro amante distinto de usted, tendrÃa usted derecho a preguntarme por qué lo engañaba; pero, como soy la señorita Marguerite Gautier, tengo cuarenta mil francos de deudas, ni un céntimo de fortuna y gasto cien mil francos al año, su pregunta es ociosa y mi respuesta inútil.
—Es cierto —dije, dejando caer mi cabeza sobre las rodillas de Marguerite—, pero es que yo la quiero con locura.