La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—Bueno, amigo mío, pues tendrá que quererme un poco menos o comprenderme un poco más. Su carta me ha dolido mucho. Si hubiera sido fiebre, para empezar, anteayer no habría recibido al conde, o, de haberlo recibido, habría venido a pedirle el perdón que usted me pedía hace un momento, y no tendría otro amante que usted en el futuro. Por un momento creí que podría permitirme esa suerte durante seis meses; usted no lo ha querido; se empeña en conocer los medios, y, ¡válgame Dios!, los medios eran bien fáciles de adivinar. Al emplearlos estaba haciendo un sacrificio mucho más grande de lo que cree. Habría podido decirle: «Necesito veinte mil francos». Estando usted enamorado de mí, los habría encontrado, a riesgo de reprochármelos más tarde. He preferido no deberle nada; pero usted no ha comprendido esa delicadeza, y lo era. Nosotras, mientras nos queda un poco de corazón, damos a las palabras y a las cosas una dimensión y un desarrollo que las demás mujeres no conocen; le repito, pues, que, tratándose de Marguerite Gautier, el medio que había encontrado para pagar sus deudas sin pedirle el dinero necesario para ello era una delicadeza que debería usted aprovechar sin decir nada. Si no me hubiera conocido hasta hoy, se sentiría muy feliz con lo que yo le prometiera, y no me preguntaría lo que hice anteayer. A veces nos vemos obligadas a comprar una satisfacción para el alma a expensas de nuestro cuerpo, y sufrimos mucho más, si después esa satisfacción se nos escapa.


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