La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Sà —respondÃ, intentando acallar todos los escrúpulos que aquella forma de vivir despertaba de cuando en cuando en mÃ.
—Hemos estado viendo la casa con todo detalle, y estaremos; allà de maravilla. El duque se preocupaba por todo. ¡Ah, querido mÃo! —añadió aquella loca abrazándome—, no estará usted de queja: todo un millonario le hace la cama.
—¿Y cuándo se mudan? —preguntó Prudence.
—Lo antes posible.
—¿Se lleva el coche y los caballos?
—Me llevaré toda la casa. Usted se encargará del piso durante mi ausencia.
Ocho dÃas después Marguerite habÃa tomado posesión de la casa de campo, y yo me hallaba instalado en Point-du-Jour.
Entonces empezó una existencia que me costarÃa mucho trabajo describÃrsela.
Al principio de su estancia en Bougival, Marguerite no pude romper de golpe con sus costumbres y, como la casa siempre estaba de fiesta, todas sus amigas venÃan a verla; durante un me no pasó dÃa sin que Marguerite tuviera ocho o diez personas a la mesa. Por su parte, Prudence se traÃa a toda la gente que conocÃa y les hacÃa todos los honores de la casa como si aquella casa fuera suya.